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Los que me conocéis seguro ya me habéis oído hablar de él.

Anécdotas un millón os puedo contar de él y con él,

los mejores viajes…. con él los he hecho,

y quien más me ha enseñado a amar el campo, la naturaleza y sus animales tb ha sido él.

Últimamente una afición suya,

la de escribir acerca de su auténtica pasión, la caza,

parece que le acerca la posibilidad de algo q lleva persiguiendo un tiempo, publicar un libro sobre sus múltiples experiencias a lo largo y ancho del planeta, con este estupendo deporte.

De momento ha conseguido q la revista hunters publique de vez en cuando alguno de sus relatos.

Todos son muy sencillos, cercanos, casi familiares y con un toque de humor muy suyo….

Sin embargo en el último, publicado en el último número de Hunters, el de Agosto, en el que habla sobre la montería española, utiliza más la jerga propia de los cazadores.

Pero es su forma de contar sobre su pasión, sobre como se caza disfrutando cada detalle y como lo sabe hacer pasar a sus hijos de una forma tan natural q es imposible no sucumbir a la calidez de la narración….

Bravo!! Seguro lo consigue!!

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Un encuentro casual, en Villalba,

despues de muchas vueltas, doy con la casa de Carmen, allí están Marta y mi hermana Carolina, falta Pilar,

son las cuatro de la tarde, sin comer, aún no se ha nublado, mucho calor, duchas en la piscina y baños de sol,

llega Pilar, atropellándonos todas para hablar,

una con el ELLE,

Carmen trabajando con el guión de la próxima película que se rodará sobre Miguel Angel Blanco, recientemente conmemorado,

hay q comer,

Carolina le toma el relevo con el guión, Carmen es maquilladora en ese rodaje y debe conocer al dedillo la historia para ponerlo todo a punto en cada instante….

hace un rato q ya lo hemos notado, comiendo se hace evidente, en poco tiempo, hacemos planes, Pilar tiene que trabajar esa noche, Carol y Marta se tienen que marchar a una fiesta….

Carmen y yo cenaremos en Guadarrama para luego ir al Reci , Reciclaje, un garito chulísimo, tb en Guadarrama…. muy contentas!!

La tarde se nubla, nos vamos a una terraza de Villalba, el Carrizal, cervecitas, risas….y empiezan a llegar amigos, amigas, ya en la piscina ocurría….

….las veces que me llamaron guapa!!, ….incontables!!, ….que ojos!!, ….que manos!!, ….de todo!!,

….en Madrid esa espontaneidad y familiaridad no la noto….

Muy a gusto me han hecho sentir, Carmen, David, Javi (el tetómano!! jaja!!), Emilio, y sobretodo Fito….

Y sin conocernos de nada!!….tendrá que ser química!!

 

A G U A


Las dos pequeñas zapatillas de esparto bailaban mientras colgaban, balanceándose alternativamente, una delante y otra atrás, como dando pasos en el aire, sin avanzar a ningún sitio. Agitadas y mecidas, se veían reflejadas en las aguas sucias de aquel puerto, mezcla de aceites y destellos de suela de zapatilla. Escondidos los dedos, y desnudos los talones de unos pies pequeños, unos tobillos delgados, unas piernas morenas, piel joven, lisa y tersa. Las rodillas huesudas, acompañadas por esas diminutas manos sucias que aferraban el borde del embarcadero, como con miedo de perder el equilibrio en esos pasos columpiados. Los brazos finos y estirados; el pantalón, corto y manchado; la camiseta, rayada de vivos colores ya apagados; la espalda encorvada que sostenía su pequeña cabezita rapada, volcada sobre sus rodillas desnudas, hacia adelante pero hacia abajo. El niño, ensimismado, como un mirón accidental de esa piel parda que se agitaba bajo sus ojos, su propia piel, sus propias piernas, en ese caminar suspendido sobre el agua del puerto. La luz, como abrazando ese cuerpecito, cálida y tendida, de atardecer tórrido, de puerto mediterráneo, de gentes buenas, de final de otro día más de verano: bonita claridad agonizante.

El olor, envolviéndolo todo, aroma de puerto, de borde de mar, de costa de hormigón, de aparcamiento de maderas convadas, de descanso de máquinas, de peces que flotan ya sin nadar, de barnices dibujados sobre el agua, de sal salada salerosa, de maromas gastadas, de tabacos baratos, de óxidos repartidos sobre todas partes, de conchas pegadas a todo: húmedo perfume salazón.

El sonido, saliendo de todas parte, de líquido contra tablas, de gaviotas hambrientas, de cabos chirriantes, de viento entre mástiles, de descargas forzudas, de cañas ensartadas, de perruchos juguetones, de niños perdidos, de gentes trabajadoras: vida oída marina.

Un conjunto de sensaciones variadas, un escenario donde mezclar delantales de plástico manchados de sangre y sal con suelos empapados y resbaladizos, con tablas despintadas cubiertas de mar, con cables acerados uniéndolo todo, con banderines descoloridos imparables. Todo mecido caprichosamente por aguas voluntariosas e incansables, ajenas a la gente que habita en sus límites.

Y los ojos brillantes del niño diminuto que permanece entre la tierra y el mar, se fijan en nada y así permanecen, como para siempre. Descansan abiertos para pensar sin ver, para imaginar sin tener que mirar. Sueñan.

    Fantasean, viviendo hoy un futuro desconocido e incierto. Padeciendo hoy el dolor que la distancia le provocará, cuando viaja por el último rincón del mundo y añora estas tierras. En una travesía inacabable, ha llegado a donde siempre soñó llegar. El mismo sol que hoy reluce aquí le sigue acompañando en ese lugar recóndito y apartado. Ha finalizado su viaje, en el otro lado, en el extremo más apartado de todo, donde nadie quiso nunca llegar. Cansado, descansa sobre la tierra mojada de esta playa lejana, despeinado por una brisa cálida y húmeda, agitándose las mangas de su camiseta rayada, que dejan así ver su tatuaje. Un corazón grande y rojo, atravesado por una daga pirata que desgarra su piel. Y la sangre, derramada sobre los músculos de su hombro moreno, escribe el nombre de una mujer, como el lamento nombrado de quién le empujó lejos de su casa, de aquel puertecito mediterráneo del que partió siendo un niño, con su camiseta de rayas y sus zapatillas de esparto. Las letras que forman el motivo de su partida, de su alejarse hacia lo más lejano, donde hoy ha llegado en forma de hombre maduro y curtido, formado y crecido por sus vivencias en mares de toda la tierra, en sitios que le empujaban lejos de sus amigos, de su casa, de su familia, de todo lo que le vio crecer mientras imaginaba, en el borde del embarcadero de su pueblecito, el viaje que ya acabó. Y hoy recuerda, apesadumbrado, aquel día en que se hizo a la mar, alentado por el vacío que dejó en su interior infantil la partida de aquella niñita desaliñada, morena de ojos negros. La veraneante que vino a sus costas y a sus playas, que le hizo soñar un estío entero con un supuesto amor eterno, con un perpetuo juego común solo de los dos. La misma que luego volvió a su gran ciudad, lejos del mar, para no volver nunca más. La que convirtió su lugar en el más triste y vacío de sentido, en el que cada rincón le recordaba doliendo a su mujercita de doce años...

No. Eso no. Mejor...

    Agarrado a las crines de su caballo, devorando valles y montañas, llegaron un día nublado. Junto a Pedro, su fiel amigo desde la infancia, aquel rubio regordete de su pueblo, hoy alto (un palmo más que él) y fuerte, arribaron al valle tras varios años de búsqueda. Grandes palmeras frondosas bañaban de luz difusa los matorrales que cubrían todo el suelo de aquella selva tropical. Mosquitos y calor pegajoso mezclado con sudor, pero la emoción de encontrarse por fin con su enemigo les aturde aún más. Desgarrando lianas y ramas avanzan, juntos e inseparables. Silencio roto eventualmente por algún animal exótico. De repente, un disparo, una bala pasa entre el y Pedro, zumbando atemorizante. Pedro se adelanta, valeroso y temerario como siempre, pero cae de espaldas al ritmo de uno tiro definitivo. Su rostro se esconde de golpe entre los altos matorrales del suelo, del que solo sobresalen unas botas grandes de piel gastada. No es momento de detenerse. Sigue, no te detengas ahora. Cesan los disparos, confiados, y entonces aprovecho para, de dos largas zancadas, alcanzar al mulato asesino que sostiene el rifle humeante, abriendo su cuello con mi machete de un corte limpio y sangrante. Le dejo caer, con desprecio, y continuo sin mirar atrás. Una sombra corre entre el forraje, torpe y asustada. Debe ser él. Tantos años de persecución han acabado con su poderío y su arrogancia, y le obligan a huir desesperado. Me detengo, apoyo mi rodilla en el suelo mojado, y, ceremoniosamente, desenfundo mi escopeta, la apoyo sobre mi hombro, apunto. Aprieto el gatillo como si me fuera en ello la vida, doliéndome el dedo, casi desmontando el arma de la rabia con la que la empuño. Y me parece sentir correr la bala, como si fuera con ella, hacia mi objetivo, mi enemigo, el motivo de mis largas andanzas por estas tierras tanto tiempo. Nos acercamos, mi perdigón y yo, hacia lo que queda del antes temido malhechor, una sombra de la temeridad que irradió, un despojo de piel temblorosa que nos mira y nos recibe, a mi bala y a mí, arrepentido y rendido. Le golpeamos juntos, explotamos contra él, le empujamos con furia, le atravesamos arrastrando su vida, dejándole un agujero de muerte en el centro de su pecho, en la mitad de lo que fue, en el medio de su fama pasada de hombre temerario, hoy muerto miedoso...

Los pies balanceantes se agitan negando; así tampoco...

    Cincuenta y cuatro. Cincuenta y cuatro bombillas rodean el espejo de mi camerino. Siempre las cuento antes de actuar, como si hubieran cambiado desde ayer, sabiendo que son siempre las mismas. Fumo mientras me maquillo. Lo dejé hace una semana, pero hoy me he dado cuenta de que no quiero dejarlo. El humo me hace llorar sin querer, tendré que volver a dibujar la estrella negra que se ha diluido en el blanco general de mi cara por culpa de esa lágrima. Con una pequeña brocha remarco, maquinalmente, mi sonrisa artificial, la que todo el mundo espera en mi actuación. Me sienta bien el blanco, porque disimula las arrugas. El rojo de los labios ya no es tan brillante como el de hace años, pero es que ya no me gusta ir tan descarado. Y para terminar, marco esa pequeña lagrimita debajo del otro ojo, aunque sigue sin gustarme nada. Un payaso no debe nunca parecer triste, aunque sea una tradición. El director del circo dice que los payasos siempre han llevado un lagrimón en su mejilla, y que siempre la llevarán. No lo creo. Seguro que algún día será historia, un mero recuerdo de cuando los cómicos de rostro pálido nos obligábamos a estar tristes fuera de la carpa, cuando llorábamos al dejar el escenario. Se habrá convertido en un algo ajeno a lo propio del clown, un elemento prestado, algo de otros, de los actores tristes.

    Sí, claro que también lloramos, pero nunca delante de nuestros niños, de esos hijos que el andar de pueblo en pueblo no nos ha permitido tener, y que en cambio, son nuestros de seis a nueve todos los días. Distintos chavales en distintas ciudades, pero las mismas ilusiones y alegrías provocadas por nuestros gestos. Actuaciones que convierten a sus padres en simples acompañantes, que les hacen olvidarse de ellos para desearnos exclusivamente a nosotros, como aquel chiquillo de Burgos que con valentía se acercó hasta mi camerino, y mirándome, pintado aún y enmarcado en mis cincuentaicuatro bombillas me pidió que …

Otra idea ...

    Cientos de personas pendientes de sus palabras. La sala del Centro Internacional de Estudios e Investigaciones Científicas rebosa de expectación y corbatas, envidias y gafas, maletines, chapas de identificación, conversaciones cruzadas en todos los idiomas, apretones de manos, cafés en vasos de plástico, zapatos brillantes, sonrisas forzadas, bolsillos cargados de bolígrafos, alguna falda observada, teléfonos portátiles, un turbante despistado, grandes fajos de hojas de datos, calvas brillantes, sudor intelectual, azafatas uniformadas con un ridículo sombrero.

    Y yo saldré al estrado, agobiado por mi única corbata (no necesito más), cargado de papeles y papeles, como queriendo parecer serio e interesante. Carraspeo, bebo un poco de agua, me aferro al atril, y comienzo. Al principio en tono bajo, me doy cuenta y fuerzo la voz, acercándome al micrófono. Bebo un poco más. Divago y repaso concisamente todos mis descubrimientos en torno a la Física Cuántica Elemental, observando cabezas que se mueven asintiendo, como reconociendo mi trabajo, toda mi vida de trabajo de laboratorios y computadoras. Más agua. Llego hasta el presente, a mis estudios actuales, los que consumen mi tiempo, mi hoy. Sed y carraspeos, aprieta el lazo en mi garganta. Y, a continuación, expongo con vergüenza hacia donde deberían continuar los pasos de la investigación en los próximos años, sin evitar un pudor por aventurarme a enarbolar la bandera del futuro científico.

    Las cabezas que antes asentían, permanecen quietas o se menean dudando, pero ya no me importa. Me siento cómodo en mi punto de luz frente a la oscuridad del anfiteatro. Se acabó el agua, y también mi discurso preparado, pero no pienso bajarme de aquí, nunca. Oigo un murmullo detrás de mí; deben haber notado que ya no tengo nada que decir, que hablo por hablar, pero no serán capaces de sacarme de aquí, a mi, al ilustre científico investigador de renombre mundial que se vuelve loco en su primer discurso. Lo siento, pero no me bajo de mi trono.

    Ya sé. Les entretendré como si fueran niños. Seguro que tras tantas gafas y bajos esas calvorotas siguen teniendo algo de infancia escondida. Y de golpe, decido contarles mi vida, como si fuera un borracho en la barra de un bar confesándome con el barman. Les describo mi pueblecito al borde del mar, les grazno como hacían para mi las gaviotas, les repito el chof chof del mar golpeando el embarcadero, les convezco para que bailen, se mezan de un lado a otro, explicándoles como eran las olas del mar de mi pueblo, les sopló, acercándome al micrófono, para que entiendan como sonaba el viento en mis playas, les incito a que descubran sus camisas blancas bajo tanta chaqueta gris, y así entienden como brillaba el mar cada día desde mi ventana.

    Es gracioso, muy gracioso. Los más relevantes investigadores mundiales, en mangas de camisa, aúllan y se menean, animándose entre ellos, como niños en la representación de fin de curso en el Colegio. Olvidando todo recato, dan palmas y hacen la ola, como enloquecidos, cantando y silbando. En algún rincón, arriba en el anfiteatro, alguien vacía su portafolios sobre el público de abajo, confeti de ciencia, animando aún más la loca reunión. Le siguen varios más, y un musulmán lanza también su turbante al aire. Vuelan chaquetas y hojas de datos, incluso algún sujetador rojo.

    Uno de un grupo de ingleses, en primera fila, se levanta, y dirigiéndose al público, le anima a cantar una canción inentendible que todos vitorean encantados.

    Yo continuo en mi atril, sorprendido de la que he liado. Si me vieran los de la Universidad...

Pasos vacilantes al borde del mar ...

    Suena mi teléfono portátil, inoportuno como siempre, según termino de desnudarme para ir a la ducha. Otra urgencia, otra más. Siempre es a mi, como si no existieran más médicos en la ciudad más grande del mundo. Me visto con la ropa sucia que está aún en el suelo, aprieto mi corbata, cierro mi cinturón, y ala, al hospital de vuelta. Bajo por las escaleras, trece pisos, sabiendo que el tiempo que ahorro respecto al ascensor lo perderé en cualquier semáforo. Llego al parking, y me acomodo en mi deportivo rojo italiano. Es la única satisfacción que me puedo permitir, no crean. El sueldo de doctor no da para mucho. Aunque tengo prisa, arranco ceremoniosamente, como siempre, y suelto suavemente el embrague. Chirrían las ruedas sobre el pavimento plastificado del garaje, resonando entre humo y goma quemada. Paso rozando la puerta automática, la que un día me llevaré por delante si no espavilo, y me aventuro en el atasco de un viernes por la noche en la gran ciudad.

    No tardo mucho, apenas dos cigarros desganados. Aparco en la zona reservada del hospital y me dirijo hasta los ascensores. Siento odio y rabia de volver a estar aquí otra vez. No tenía grandes planes para el fin de semana, pero ni por asomo entraba esto en ellos. No tenía que haber respondido al teléfono, idiota de mi. O tal vez debería estar ya en mi casita de la playa, desde donde no me habrían echo volver. ¿Quién será el jilipollas al que se le ocurre tener un ataque al corazón hoy y a estas horas? ¿ No tenía otro hospital a donde ir, u otra enfermedad que provocarse? La gente es muy desconsiderada. Toda la semana trabajando como un negro para ganarme una simple ducha tranquila el viernes al llegar a casa, y ya ni siquiera eso me es permitido. Perra vida, no me importa que se muera ese, quienquiera que sea, por capullo y desconsiderado.

    En la planta me espera la enfermera Ana, con esa estúpida sonrisa de idólatra que pone siempre que me ve llegar. Seguro que fue idea suya la de llamarme precisamente a mi. Se disculpa torpemente por fastidiarme el viernes, pero ni la escucho. Mientras voy a grandes zancadas por el pasillo, poniéndome la bata, Ana me persigue correteando a mi alrededor y poniéndome al orden de la situación, siempre con esa sonrisa de mal follada que tiene, la muy...

    "Mujer, cuarentaicinco años, vida sedentaria, ataque al corazón, primera vez,..." Típico. La tontorrona de turno que va al gimnasio a hacer gim-jazz con sus amigas de bridge y no lo soporta, como si lo viera. "Adiós, ¿que haces tu aquí?", que cabrón es ese viejo.

    Entro en la sala, apartando las puertas como en una película mala de vaqueros. Siempre me ha echo gracia irrumpir así, como si detrás fuera a sorprender a alguien. Se giran varias cabezas y me miran, asustadas. Esperan un salvador y llego yo. Que les jodan.

    Empujo la camilla, con desprecio, hacia el quirófano, mientras una señora cuarentona histérica me agarra de la manga. Suelta, puta; como me rompas la bata... Un bulto bajo la sábana verde se convulsiona, una masa de carne culpable de negarme la ducha merecida, mi ducha. Ana entra detrás de mí, y cierra las puertas. Al menos aquí hay algo de calma, aunque esté también la boba risita de esta frígida. Con mano temblorosa, destapa el despojo humano infartoso balbuceando algo confuso "bla, bla... su ex-mujer".

    Coño, ella.

    Imposible. No puede ser. Le dije que no quería volver a verla nunca más. Mala puta.

    La madre de mis hijos, la antigua reina de la noche, la profesora de francés, mi refugio. La misma que hoy me niega la custodia y las visitas a los niños, gorda y fofa, enseñando idiomas donde nadie quiere aprenderlos, tan cotilla y posesiva.

    Mierda.

    Debería dejarla morirse aquí, que se ahogara en su propia sangre, mala sangre. Que se parará para siempre ese vetusto corazón, el que decía, mentirosa, que vibraba conmigo cuando hacíamos el amor. Echábamos polvetes, maja, pocos y mal. "Vida mía", repetía sin parar; ja, ja. Ahora si que soy vida para ti, cabrona...

El sol sigue cayendo, despacio, hacia el mar que se va quemando, naranja desplomada de luz y calor. Se esconde, llevándose mis sueños, mis esperanzas, las ilusiones de cómo será mi futuro, mi vida dentro de unos años.

No importa, todavía.

Me voy a dar un baño con Pedro y María a la playa; mañana también seguiré pensándomelo.

Javier Alonso Madrid

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